En La Tercera se publicó una nota sobre el incremento de las denuncias de violencia contra profesores, consistente en hostigamiento y/o agresión por parte de alumnos y/ sus familias. Allí se afirma que uno de los factores que parece estar en la base del problema es el deterioro de la disciplina escolar, esto es, el apego a cierto marco normativo que rige las relaciones en la comunidad escola. Se cita también a Isidora Mena, académica de la PUC, quien argumenta: "no es que los profesores hayan perdido autoridad, es más difícil ser docente, porque las condiciones han cambiado".
Aunque en forma ambigua, esta perspectiva sugiere, al menos en forma parcial, que la base de la indisciplina es el debilitamiento de la autoridad docente fundada en sus pilares tradicionales: a) el monopolio del conocimiento (obviamente, ya no radicado sólo en la escuela); b) el respeto al adulto en cuanto tal (es decir, a la diferencia de edad entre adultos y niños y la autoridad que acompaña a esta asimetría); y c) el docente como modelo de rol (esto es, al docente que sirve de testimonio de buena vida).
La segunda mirada es la que implica afirmar que "las condiciones han cambiado". Esto se puede comprender como si se dijera que lo que es enseñado en el aula, en sí mismo y como experiencia, tiene hoy poco peso en la vida cotidiana de los estudiantes. Simplemente, para los nuevos estudiantes, la clase es aburrida porque "no hace sentido" ni se conecta con los intereses que los moverían a prestar atención y a otorgarle credibilidad al docente.
Pero junto con este cambio en las condiciones de interacción en la clase, hay que poner otro bastante obvio: hay un creciente abandono de toda norma disciplinaria en el aula, como se aprecia en prácticas tales como el comer en la sala, escuchar música o hablar por teléfono, botar papeles o desperdicios en cualquier lugar, rayar los pupitres, robar a los compañeros o romper los materiales y equipos existentes allí. Es decir, parte del cambio de condiciones para la enseñanza en el aula tiene que ver con la percepción de impunidad que parecen experimentar los alumnos, percepción que los autorizaría a comportarse como lo deseen sin ponderar consecuencias disciplinarias, simplemente porque la experiencia les muestra que no las habrá.
Es bastante evidente que estas condiciones son generadas por la propia institución escolar. Es decir, por la administración y los mismos docentes que toleran y/o posibilitan su expansión, sin mencionar los malos tratos que recibe por parte de Apoderados
Sin embargo, podría haber otros factores, como sugiere el mismo artículo comentado: hay una tendencia a sobreproteger al estudiante y a dudar a priori del docente al momento de un conflicto. O sea, los docentes son conscientes que no cuentan siempre con el respaldo de los direcitvos y administradores. Ello porque el alumno, en un esquema de libre elección y competencia, es un cliente y virtual portador de recursos que son recibidos a través de la subvención estatal. Así visto, el aumento de las agresiones contra docentes es en parte una consecuencia de la lógica clientelar en el sistema escolar. Pero hay que ser cautos con esto porque el número de docentes efectivamente agredidos es marginal en comparación con el total que trabaja en establecimientos subvencionados. Si el régimen de subvenciones fuera una causa relevante del bullying docente, el número de afectados sería mayor.
La prudencia en el juicio, a la vez, no debe llevar a subestimar la gravedad del problema.El problema existe aquí y en muchos otros lugares. En España, ya en 2006, se informaba que el 43% de los docentes madrileños presentaba algún daño psíquico por la violencia en las aulas. Triste perspectiva.

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